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El cuerpo es el lugar donde se escribe el texto de la
palabra, es un texto con voz y es el lugar del sujeto. Hablemos de la ocupación
del cuerpo y preguntémonos ¿Quién ocupa este cuerpo?
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Una mujer
joven, quien vive con su madre mantiene una relación de permanente conflicto
con ella. A menudo, la madre le prohíbe salir, tener novio, y siempre vive con
la sospecha de que su hija ande en “malos pasos”. Se podría decir que la madre es sumamente controladora. Durante muchos años
hasta su juventud esta joven mujer vivió con dos sentimientos, la culpa y el
temor. La primera vez que tuvo su actividad sexual – me dijo alguna vez -, no
sintió nada. Pensó que era normal por ser su primera vez. Sin embargo, en la
medida en que fue dándose cuenta que le pasaba muy frecuente no “sentir nada”
empezó a hablarlo. El día que pudo decir su situación noté que cada vez que se
hablaba del tema, desplazaba su planteamiento de no “sentir nada físicamente” a
desearlo en fantasía. Es decir, parecía como si cada vez un acto sexual lo disfrutaba mas cuando lo
imaginaba que cuando lo hiciera.
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En primer
lugar, reconozcamos que entre el deseo y el deber se asoma un probable
conflicto, el conflicto del limite, es decir, si este cuerpo es un lugar del
deseo, primero este es inalcanzable completamente y solo realizable
parcialmente por la razón de que, siempre esta limitado, sometiendo el deseo a una tensión y a la falta. Decir
¿Quién ocupa este cuerpo? Es preguntarse en primer lugar si los deseos tienen
su origen en lo que los demás depositan
en mí (a esto yo le llamo institucionalización del deseo, es decir, mi deseo no
es mío sino de los demás que me lo depositan o lo sacralizan) o en lo que
realmente yo deseo. Siempre somos sujetos deseantes en tanto exista la
necesidad de una promesa de la satisfacción futura.
El deseo es una travesía
donde me separo y, esta
separación puede ser desde suprimir o sujetar el deseo quedando perdido el
objeto de deseo originariamente. En este sentido ¿Qué relación guarda esto con
lo sexual y lo erótico? Primero, un deseo suprimido deja registrado por decirlo
así, huellas en la memoria, lo cual hace que toda insatisfacción pueda ser
satisfecha mediante la reproducción
alucinatoria de representaciones que se han convertido en signos (sueños, fantasías) de una satisfacción interior. El deseo
nostálgico, a la vez que repite alucinatoriamente la experiencia pasada y
reencuentra, pero ya en el plano fantasmático del sueño y del síntoma, el
objeto perdido, busca también (o por lo menos querría) una realización, aunque
condicionada por el vínculo con los signos (el lenguaje).
Por
eso en la medida que el placer sexual se convierte es un medio publicitario se
conduce a una cultura donde el placer corporal se reduce al placer en la
imagen, separando lo real por lo ideal. Durante mas de diez años he trabajado
con parejas y la experiencia me ha enseñado que, un cuerpo al que se le suprime
el deseo crea la posibilidad de un traslado de este a la fantasía, es como
decir, “cuerpo negado, fantasía realizada” pero este traslado es sumamente
dañino dado que he encontrado casos en que la realización del deseo muchas veces
es mas alucinatoria que real, quedando el cuerpo atrapado en la frigidez o en
la perdida de capacidad para vivir su sexualidad. Es más que evidente que hay
una diferencia entre sexualidad y erotismo, podría decir que el erotismo es un
cuerpo vuelto en sí, sin simulacros, poseído por ese pecado original. Lo
erótico no es poseído por el lenguaje por eso hacerlo poseer por este lenguaje,
es dejarlo poseer por el consumo masivo o dejarlo en el solo placer de la
mirada, que es fantasía. Pero la fantasía – como búsqueda libertaria de un
lenguaje elaborado con lo imaginado
tras el objeto del deseo, es
antes que nada una manera de evadirse de la realidad. El poder prescribe al
sexo un orden – nos dice Focault -, que
funciona al mismo tiempo como forma de inteligibilidad: el sexo se descifra a
partir de su relación con la ley. Lo que finalmente significa que el poder actúa pronunciando la
regla. Por eso lo erótico debe estar fuera de la ley o en su caso volver a
replantear la pregunta, en lugar de decir ¿Quién ocupa este cuerpo? Mejor
decirnos ¿Cómo vivo mi cuerpo? ¿Con una sexualidad genital o como un cuerpo
erotizado? Habría entonces que
construir una tarea esencial, la reivindicación de nuestro cuerpo, empezando
con la supresión del pudor, después de todo, sigue siendo parte de los
prejuicios de una cultura que lo somete a la culpa, al temor y al castigo.
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