domingo, 4 de marzo de 2012

Depresión y violencia, aportaciones al trabajo grupal con mujeres.




Para el colectivo femenino,
del  cual ha sido ya mi proyecto
Para ellas, mi afecto.



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La condición para hablar es que haya quien escuche, para que la mujer hable es necesario que sea escuchada. Con estas palabras Eugenie Lemoine empieza una entrevista publicada en un ensayo al que tituló ¿Las mujeres tienen alma?[1]  Y es que, entre el ser escuchadas y ser miradas hay un abismo al que el historiador de arte John Berger  ya señalaba, parece – decía -,  como si las mujeres se vieran a sí mismas como “algo para ser mirado”.  Cuando uno habla de las mujeres –como hago yo -, quiero precisar dos cosas, la primera, lo hago desde un punto de vista masculino con todos sus fantasmas y segundo, lo hago, tratando de hablar de las historias de vida vividas con ellas en un trabajo colectivo, se trata pues, de un trabajo de escucha que más allá de sus propias historias ha replanteado mi posición en el mundo y un cúmulo de aprendizajes a las que les agradezco y dedico este trabajo.

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El cuerpo es el lugar donde se escribe el texto de la palabra, es un texto con voz y es el lugar del sujeto. Escuchar la voz es dar cuerpo a una presencia. Hay dos conceptos por donde quisiera partir para esta exposición, el primero el concepto de representación social y el segundo el del conflicto.  La representación social se refiere a lo simbólico articulado con lo socio cultural (Ibáñez 1988), es decir, como lo colectivo se apropia de la realidad dando forma y contenido a la presencia social. En otras palabras, la representación social busca aproximarse al significado que los colectivos sociales otorgan a su propia práctica y,  comprender los mecanismos mediante los cuales esa práctica se constituye en significado y cobra sentido en relación con el marco cultural de interpretación.  Durante dos años he observado que el rol femenino cuando este participa en actividades de carácter productivo modifica los roles en el núcleo familiar abriendo dos campos, el primero, la poca apertura de su expresión emocional y la segunda, la modificación de las formas en que ellas son estereotipadas por los hombres. Cuando hablo de la poca apertura de su expresión emocional me refiero a esos espacios donde se han perdido  los vínculos que nos unían con esos actos singulares de la palabra y el goce.  ¿Cuál es la posición masculina ante el texto producido, por el lenguaje femenino? La mujer, en esta experiencia,  cuando narra sus propias vivencias habla de tres situaciones fundamentales: su posición perceptiva de su propio cuerpo, de su autoestima y de sus conflictos de pareja.  El cuerpo es un texto donde somatiza cargas depresivas y de violencia ligadas a la relación con las normas impuestas por la madre en el pasado y los conflictos con la pareja. La imagen de sí es una imagen deteriorada expresada por conductas de inseguridad; sin embargo, esta interpretación no pretende valorizar como patológicas estas conductas, más bien apunta a un malestar que entendiéndolo como un proceso conflictivo revela que la incursión de la mujer al campo productivo abre la construcción de expectativas  que se contraponen con el orden normativo constituido.  Sin embargo, la tensión entre expectativas y normas no solo se da en el ámbito productivo, también se presentan en grupo.  Recuerdo casos en un juego de mascaras una mamá puso en su mascara algunas palabras, que decían, “enojona” “preocupona” “fiel”, “confiada” entre otras, compartió con el grupo algo así como “a mí me pone muy tensa el hecho de que yo plantee la búsqueda de felicidad en mi familia y no logre tal objetivo” le pregunté ¿Quién es la que plantea el objetivo?, respondió, ¡claro que yo! Le volví a preguntar, entonces ¿Por qué no alcanzas el objetivo de que la familia sea feliz? Y responde, porque quizá esa es una tarea de todos ¿o, no? Pero bueno – me dijo -, también yo se los he planteado a todos, y sigo teniendo problemas,  volví a formular otra pregunta,  bien, y  entonces ¿si no se ha logrado, significa que tú tienes que cargar con toda esa responsabilidad? Clavó fijamente su mirada en mí, se arrancó su máscara y le prendió un cerillo, preguntándome ¿entonces me están manipulando? No lo sé, tú descúbrelo, termine contestándole. Esta anécdota refleja como muchas mujeres


cargan con responsabilidades asignadas socialmente y normativamente que las asumen como normales, de las cuales muchas veces se revelan en forma de síntomas de depresión y/ o violencia.


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La propuesta de crear un Centro Comunitario para el Desarrollo Integral de la mujer tiene como antecedente el trabajo con un grupo de mujeres de dos municipios Cuernavaca y Jiutepec desde el 2004.  Inicialmente se planteó la propuesta de trabajar en un curso sobre “Dinámicas grupales y manejo de conflictos” impartido por el Centro de Apoyo Psicológico Tejalpa al que asistieron ocho mujeres. Al 2006 el grupo está conformado por quince que va de la edad de los veintitrés a los cuarenta años, con perfil profesional y algunas dedicadas a sus propios negocios. .  Una pregunta originalmente planteada era, ¿por que hacer un taller de dinámicas grupales y manejo de conflictos? ¿Por qué poner como prioridad la catarsis grupal y no un trabajo de educación, escuela para padres, orientación u otro? Una razón fundamental es que, la vida emocional constituye un elemento fundamental para clarificar situaciones de comunicación, de manejo de conflictos,  en el carácter y actitud personal.  Esta experiencia se ha constituido como un espacio alternativo para el planteamiento de  historias de vida, un espacio de escucha de los procesos en las relaciones de pareja, familia, relaciones laborales y vivencias cotidianas. En este sentido, las dinámicas grupales y el manejo de conflictos se planteo como enfoque que permitía al mismo tiempo que trabajar con sus procesos individuales colectivizar sus historias de vida hacia su propia concietización y compromiso con el grupo. Los cambios sustanciales durante un año obligaron al colectivo femenino a plantear su proceso, es decir, después de mirar hacia el interior de sus propios procesos se convirtió en una inquietud hacerlo hacia otras mujeres, esto da nacimiento a una nueva idea el CECODIM (Centro Comunitario para el Desarrollo Integral de la Mujer), este proyecto inicia en agosto de 2006 y tiene como propósito la formación de redes colectivas de mujeres en el Estado de Morelos con el objetivo de impulsar la participación en los ámbitos del desarrollo integral dentro de su núcleo social.   El proyecto está coordinado por el Centro de Apoyo Psicológico Tejalpa y la propuesta aquí presentada ha sido construida colectivamente por las participantes del grupo, es decir, el colectivo femenino se convierte al mismo tiempo que el constructor de la idea en el ejecutor de la misma.










Ponencia presentada en el 3er Foro sobre Salud Mental Comunitaria realizado el 28 de septiembre de 2006 en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

[1] LEMOINE, E.;  ¿Las mujeres tienen alma? Editorial Argonauta.

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