Para el colectivo femenino,
del cual ha sido ya mi proyecto
Para ellas, mi afecto.
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La condición
para hablar es que haya quien escuche, para que la mujer hable es necesario que
sea escuchada. Con estas palabras Eugenie Lemoine empieza una entrevista
publicada en un ensayo al que tituló ¿Las mujeres tienen alma?[1] Y es que, entre el ser escuchadas y ser
miradas hay un abismo al que el historiador de arte John Berger ya señalaba, parece – decía -, como si las mujeres se vieran a sí mismas
como “algo para ser mirado”. Cuando uno
habla de las mujeres –como hago yo -, quiero precisar dos cosas, la primera, lo
hago desde un punto de vista masculino con todos sus fantasmas y segundo, lo
hago, tratando de hablar de las historias de vida vividas con ellas en un
trabajo colectivo, se trata pues, de un trabajo de escucha que más allá de sus
propias historias ha replanteado mi posición en el mundo y un cúmulo de
aprendizajes a las que les agradezco y dedico este trabajo.
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El cuerpo es el
lugar donde se escribe el texto de la palabra, es un texto con voz y es el
lugar del sujeto. Escuchar la voz es dar cuerpo a una presencia. Hay dos
conceptos por donde quisiera partir para esta exposición, el primero el
concepto de representación social y el segundo el del conflicto. La representación social se refiere a lo
simbólico articulado con lo socio cultural (Ibáñez 1988), es decir, como lo
colectivo se apropia de la realidad dando forma y contenido a la presencia
social. En otras palabras, la representación social busca aproximarse al
significado que los colectivos sociales otorgan a su propia práctica y, comprender los mecanismos mediante los cuales
esa práctica se constituye en significado y cobra sentido en relación con el
marco cultural de interpretación. Durante
dos años he observado que el rol femenino cuando este participa en actividades
de carácter productivo modifica los roles en el núcleo familiar abriendo dos
campos, el primero, la poca apertura de su expresión emocional y la segunda, la
modificación de las formas en que ellas son estereotipadas por los hombres.
Cuando hablo de la poca apertura de su expresión emocional me refiero a esos
espacios donde se han perdido los
vínculos que nos unían con esos actos singulares de la palabra y el goce. ¿Cuál es la posición masculina ante el texto
producido, por el lenguaje femenino? La mujer, en esta experiencia, cuando narra sus propias vivencias habla de
tres situaciones fundamentales: su posición perceptiva de su propio cuerpo, de
su autoestima y de sus conflictos de pareja.
El cuerpo es un texto donde somatiza cargas depresivas y de violencia ligadas
a la relación con las normas impuestas por la madre en el pasado y los
conflictos con la pareja. La imagen de sí es una imagen deteriorada expresada
por conductas de inseguridad; sin embargo, esta interpretación no pretende
valorizar como patológicas estas conductas, más bien apunta a un malestar que
entendiéndolo como un proceso conflictivo revela que la incursión de la mujer
al campo productivo abre la construcción de expectativas que se contraponen con el orden normativo
constituido. Sin embargo, la tensión
entre expectativas y normas no solo se da en el ámbito productivo, también se
presentan en grupo. Recuerdo casos en un
juego de mascaras una mamá puso en su mascara algunas palabras, que decían,
“enojona” “preocupona” “fiel”, “confiada” entre otras, compartió con el grupo
algo así como “a mí me pone muy tensa el hecho de que yo plantee la búsqueda de
felicidad en mi familia y no logre tal objetivo” le pregunté ¿Quién es la que
plantea el objetivo?, respondió, ¡claro que yo! Le volví a preguntar, entonces
¿Por qué no alcanzas el objetivo de que la familia sea feliz? Y responde,
porque quizá esa es una tarea de todos ¿o, no? Pero bueno – me dijo -, también
yo se los he planteado a todos, y sigo teniendo problemas, volví a formular otra pregunta, bien, y
entonces ¿si no se ha logrado, significa que tú tienes que cargar con
toda esa responsabilidad? Clavó fijamente su mirada en mí, se arrancó su
máscara y le prendió un cerillo, preguntándome ¿entonces me están manipulando?
No lo sé, tú descúbrelo, termine contestándole. Esta anécdota refleja como
muchas mujeres
cargan con
responsabilidades asignadas socialmente y normativamente que las asumen como
normales, de las cuales muchas veces se revelan en forma de síntomas de
depresión y/ o violencia.
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La propuesta de crear un Centro
Comunitario para el Desarrollo Integral de la mujer tiene como antecedente el
trabajo con un grupo de mujeres de dos municipios Cuernavaca y Jiutepec desde
el 2004. Inicialmente se planteó la
propuesta de trabajar en un curso sobre “Dinámicas grupales y manejo de
conflictos” impartido por el Centro de Apoyo Psicológico Tejalpa al que asistieron
ocho mujeres. Al 2006 el grupo está conformado por quince que va de la edad de
los veintitrés a los cuarenta años, con perfil profesional y algunas dedicadas
a sus propios negocios. . Una pregunta
originalmente planteada era, ¿por que hacer un taller de dinámicas grupales y
manejo de conflictos? ¿Por qué poner como prioridad la catarsis grupal y no un
trabajo de educación, escuela para padres, orientación u otro? Una razón
fundamental es que, la vida emocional constituye un elemento fundamental para
clarificar situaciones de comunicación, de manejo de conflictos, en el carácter y actitud personal. Esta experiencia se ha constituido como un
espacio alternativo para el planteamiento de
historias de vida, un espacio de escucha de los procesos en las
relaciones de pareja, familia, relaciones laborales y vivencias cotidianas. En
este sentido, las dinámicas grupales y el manejo de conflictos se planteo como
enfoque que permitía al mismo tiempo que trabajar con sus procesos individuales
colectivizar sus historias de vida hacia su propia concietización y compromiso
con el grupo. Los cambios sustanciales durante un año obligaron al colectivo
femenino a plantear su proceso, es decir, después de mirar hacia el interior de
sus propios procesos se convirtió en una inquietud hacerlo hacia otras mujeres,
esto da nacimiento a una nueva idea el CECODIM (Centro Comunitario para el
Desarrollo Integral de la Mujer ),
este proyecto inicia en agosto de 2006 y tiene como propósito la formación de
redes colectivas de mujeres en el Estado de Morelos con el objetivo de impulsar
la participación en los ámbitos del desarrollo integral dentro de su núcleo
social. El proyecto está coordinado por
el Centro de Apoyo Psicológico Tejalpa y la propuesta aquí presentada ha sido
construida colectivamente por las participantes del grupo, es decir, el
colectivo femenino se convierte al mismo tiempo que el constructor de la idea
en el ejecutor de la misma.
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